Vengo a buscarte en un salto al vacío,
en la mitad precisa donde se unen,
con putrefacto lazo, cristal y sierpe.
Vengo a posarme como un pájaro herido,
sobre tu blanca y distante orilla.
Quiero beberme la espuma que las olas
dejan a su paso, y arrancarte un pétalo,
una florecilla -sé que pido demasiado-,
algo que pueda rozar delicadamente
este ictus de amargura, este alba
que no nace; este miserable charco
que salpica inmundicia sin cesar,
incansablemente, como un ciego puño
que golpea bien adentro, donde ya
no llega tu mirada; donde ya no existe
nada que te importe, ni puedes clavar
con tu fría y dura mano la espina
de la indiferencia.
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