Y correr por los senderos angostos
que nos agujerean con el verde seco
día y día y otro día que se pierde
en la noche más oscura del tiempo.
Y tronchar estos junquitos tiernos
que se yerguen a nuestro paso aquí
como si de ello dependiera cada cosa,
en esta noche oscura para el alma.
Y poner la boca sobre los acantilados,
bebiéndonos cada gota de amargura,
debajo del mármol que arde día y noche.
Noche y día, con el centelleo constante
del verde que se derrama por el cielo
y tiñe los corazones que no laten.
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