martes, 9 de agosto de 2011

Cinéfilos y neuróticos

Truffaut dijo una vez que cuando uno no ama la vida, cuando ésta no le proporciona toda la satisfacción que debe, entonces se va al cine. Supongo que esto es extrapolable a la literatura, a la pintura, a la música y a cualquier forma de expresión de arte. Y sin embargo, ¿qué puede indicar con más claridad un amor total, un amor que devora, ese helénico agápē por la vida, que el hecho de que uno se niegue a avenirse al camino que ésta le ha impuesto, en un momento determinado de su existencia? El huir de esa rectilineidad de los acontecimientos, de ese detestable trazo geométrico que nos tira de hora en hora, de día en día, es un acto que sólo puede atribuírsele a un devoto de la vida; a un amante insaciable, que piensa que no ha recibido aún la parte que le toca. Esa precisa idea, tan alta y noble, tan hermosa de la vida, sólo puede albergarla un corazón que arde de pasión por vivir; un cuerpo que se estremece por emborracharse del inagotable manantial de placeres y goces; y una mente que no concibe sino vivir la vida de esta manera. Porque no conoce otra, porque no existe otra.

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