C - ¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo?
M - ¿Color rojo? querrá decir negro.
C - No, se puede tener un día negro porque una se ve más gorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué.
M - Es usted muy bonita. No debería pensar en cosas así.
C - ¿Sabe? Me recuerda usted a mi difunto esposo; siempre contestaba con algo trivial, estúpido incluso, cuando le hablaba de algún asunto importante. Cualquier cosa que pudiera estar verdaderamente atormentándome, parecía no tener la menor importancia para él.
M - Nunca antes había mencionado a su esposo en mi presencia. Me gustaría que me hablara de él más a menudo.
C - Le contaré algo sobre él. Es triste, pero cierto. Cada vez me lleva más tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Al principio era capaz de recordarle en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche.
M - Desde luego se trata de algo triste.
C - Lo cierto es que ya no recuerdo su rostro en absoluto. Conservo un decorado sin personajes.
Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir su imagen. Sus manos ásperas y frías, su pelo liso, tan bonito y agradable al tacto; los lóbulos de sus orejas, suaves y carnosos, y el lunar que tenía debajo; el elegante abrigo de piel que solía llevar en invierno; su costumbre de mirar fijamente a los ojos cuando hacía una pregunta; el ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz -como si estuviera hablando en lo alto de una colina barrida por un fuerte viento-. Al sobreponer estas imágenes, su rostro emerge de repente. Primero se dibuja su perfil. Tal vez porque solíamos andar el uno al lado del otro. Por eso el perfil es lo que primero emerge en mi recuerdo. Después él se vuelve hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez esperaba ver en ellos el rastro de un pececillo que cruzaba, veloz como una centella, el fondo de un manantial de aguas cristalinas.
M - Los días rojos son terribles, sin duda.
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