Cómo quisiera impregnarme
de este olor tuyo a jazmín mojado,
acariciar el sendero de tu paso,
por las autopistas de ida y vuelta.
Ir acercándome de puntillas
hacia la sombra que proyectas;
detenerla con mis manos un momento,
como queriendo hacerla mía.
Entonces puedo, con cierto descaro,
Coger una orquídea de tu jardín infinito;
pedirte que me enseñes alemán,
para que broten de mi boca,
los versos que sólo tú conoces.
Quebrar esta perfección de Bauhaus,
que separa tu trazo y el mío,
mientras tus deditos esbozan formas,
de diez en diez y de año en año,
sobre el lienzo de nuestro deseo.
Y así buscarte entre la gente
por las calles de Berlín,
dejándome guiar por el ángel que,
con voz de plata, repite incesante:
"la eternidad, la eternidad".
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