Y ahora puedo escuchar la voz que repite,
incesante,
"no perteneces a este siglo";
saberme extraño,
perdido en una parcela sin nombre,
suspendida en la nada.
Y sin embargo puedo también
llenar pildoritas con flores y miel,
tragarme ese trozo de felicidad,
como creyendo que es mío,
como creyendo que no es tarde aún,
y que estos ojos infames,
alcanzan a vislumbrar
un rastro de esperanza.
No es tarde aún,
pero ya empieza a anochecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario