domingo, 24 de julio de 2011

25-7

El poemita de la estampida empezaba de una manera extraña. Traté de pergeñar lo que parecía un esbozo de algo, y era algo turbio desde luego. Había leche y ácido clavulánico, y un cristal marrón y sucio, esperando a romperse en mil pedazos. El poemita de la estampida buscaba epatar, como un niño ahogándose en medio de un discurso atropellado e incomprensible. Como un animalito que, inexpresivo, busca romper la cáscara del huevo; esa helada prisión que le atenaza el alma. El poemita de la estampida clamaba libertad, pero era demasiado tarde, y las cadenas pesaban ahora como los párpados cansados de un viejo, como el incesante repiqueteo de una máquina que no puede ni quiere olvidar.

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